El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

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El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo




Europa se polariza contra el mundialismo a ritmo de vértigo. La crisis económica y las injerencias -cada vez mayores- de la Unión Europea en la política nacional de los Estados miembros tienen mucho que ver con la aparición de los populismos.

Parte de culpa la tiene el déficit democrático de la superestructura de Bruselas y los intentos de inmiscuir su agenda ideológica en países como Hungría o Polonia, que están reaccionando con un rearme nacional frente a la Unión Europea.


FUENTE

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El neoliberalismo produce una cultura globalizada, sometida a constantes procesos de homogenización que coexisten con lazos sociales debilitados e incalculables desigualdades, exclusiones y salvajes destituciones de la subjetividad. Los Estados dominados por el mercado se vuelven impotentes en sus funciones principales: asegurar protección, amparo y disminuir la hostilidad entre las personas.

Los gobiernos se limitan a gestionar y cumplir órdenes impartidas por el poder financiero sin lograr regular el consumo, la violencia y el odio entre los semejantes. Hoy el mercado va extendiéndose a múltiples expresiones de la cultura: conquistándolo casi todo, se apropia también de los Estados, se disfraza de ley y, en lugar de regular el consumo, lo exige cada vez más; en efecto, funciona como un imperativo, que es vociferado fundamentalmente por los medios de comunicación concentrados. Alcanzando el estatuto de ley que rige la época, el mercado transforma a la cultura en una masa de televidentes y consumidores hipnotizados, el tipo de subjetividad característica del neoliberalismo.

Un mundo organizado como masa empuja a cada uno a parecerse al otro, a ser lo mismo, a gozar del mismo modo, a la uniformidad. Este modo social excluye al sujeto en su singularidad y forma una igualdad imaginaria, colonizada por el marketing y patologizada por los medios de comunicación. La bestia capitalista conforma un dispositivo de producción de objetos y acumulación de capital que incrementa su poder a costa de la subjetividad. En este funcionamiento de homogeneización que caracteriza a la psicología de las masas, Freud señaló un prolegómeno del totalitarismo.

El neoliberalismo forma un sistema cerrado que toma consistencia en las variadas expresiones del odio y el individualismo y no tiene ninguna posibilidad de establecer lazos amorosos, solidarios y amistosos; la cultura se encuentra en riesgo. Desde esta perspectiva, el vínculo entre el capitalismo en su actual forma neoliberal y la democracia se vuelve una relación imposible. En consecuencia, lo que se hace necesario volver a pensar es una relación posible entre ambos términos, la democracia y el capitalismo. En este sentido, creemos pertinente tener en cuenta la teoría del populismo que propone Ernesto Laclau, puesto que ella desesencializa el lugar de la causa y constituye una novedosa construcción política fundamentada en la voluntad popular: la del pueblo como hegemonía y agente nuevo de la democracia.

Ernesto Laclau, en La razón populista (2005), destacó a la hegemonía como un concepto clave para pensar la representación política. La concibió como una construcción que radicaliza la democracia porque está fundamentada en la voluntad popular, que no privilegia a ningún agente entendido como esencia subyacente (ya sea por su clase social, sentidos o representaciones naturales).

La sociedad no es un referente empírico previo sino que se constituye como un orden simbólico, en el que las cadenas discursivas se articulan produciendo significación contextual y relaciones sociales contingentes. Los elementos significativos no poseen una literalidad última ni estable, ya que se producen constantes deslizamientos y superposiciones de sentidos (o sobredeterminaciones). La hegemonía es un concepto solidario de la razón populista, esto es, una lógica política, una iniciativa contingente cuya unidad es la demanda populista, que consiste en un pedido a las instituciones o al Estado. Las demandas diferenciales se articulan y se vuelven equivalentes a partir del establecimiento de un límite, una frontera. Se obtiene de este modo un campo social escindido: una parte, el pueblo, es hegemónica, será metáfora o nombre de la comunidad, sabiendo que el todo y el cierre es imposible y a la vez necesario. El pueblo del populismo será una parcialidad que intente funcionar como totalidad, una sutura que impida el cierre y no permita que las identidades se cristalicen.

De allí que la hegemonía que propuso Laclau constituye una nueva concepción de la representación, que no es reductible a la lógica binaria hobbesiana de “representante y representado”. La representación política clásica tiene como corolario la exclusión del afecto y los cuerpos, cuyo efecto es un sujeto invisibilizado, ausente de la vida social y privado de la experiencia política participativa. Las instituciones y aquello que podemos llamar el “esqueleto democrático”, si se muestran indiferentes o dejan de lado al pueblo como construcción soberana, pueden conducir a la muerte de la política, que transforma a la democracia en administración y gestión de expertos.

En cambio las voces, las demandas y las acciones del pueblo permiten que la democracia permanezca viva y no se convierta en letra muerta de un dogma congelado. El pueblo del populismo radicaliza la experiencia democrática y la realiza en función de los intereses nacionales. Esta construcción hegemónica constituye una respuesta posible frente a uno de los problemas que plantea la democracia: cómo construir lo común sin que sea una masa uniforme y homogeneizada. Laclau posibilitó que la categoría “pueblo” pasara de ser entendido como un objeto exterior estudiado por expertos a concebirse como un sujeto, un nuevo agente político que amplía la democracia y la hace posible como práctica de la voluntad popular.

Suele afirmarse que la noción de voluntad popular de Jean Jacques Rousseau; desarrollada en su libro El Contrato Social (1762), que dio fundamento a la idea de democracia y reemplazó a la noción de “voluntad del rey”, no es aplicable en la actualidad debido a que el crecimiento demográfico de las ciudades impide el funcionamiento asambleario de la democracia. Pero, a partir de la teoría del populismo de Ernesto Laclau, es posible resignificar los planteos de Rousseau sobre la voluntad general y postular su vigencia en las democracias.

Porque, contrariamente a lo que algunos desde una concepción prejuiciosa sostienen, el populismo está lejos de oponerse a la democracia o de constituir un obstáculo para su buen funcionamiento. Muy por el contrario, el populismo y la democracia se retroalimentan y se precisan mutuamente. Al poner en acto una pluralidad discursiva con desacuerdos, antagonismos y haciendo comparecer a lo imposible, el populismo implica a la democracia y no sería posible sin ella.

El pueblo, como nuevo agente político, despliega movimientos discursivos y afectivos, con una voluntad popular que interpela, cuestiona y demanda al Estado y, en consecuencia, radicaliza la democracia. Un Estado que hace oídos sordos al pueblo, tal como sucede en el neoliberalismo, tiende al conservadurismo y al sometimiento a los poderes corporativos imperantes. Sin Estado, un pueblo queda aislado de las instituciones y su política se ve limitada a la mera acción de demandar. Solo la combinación entre ambos factores, el pueblo y un Estado dispuesto a escuchar las demandas populares y a actuar en consecuencia, puede ofrecer una perspectiva realista, posible y democrática en la ruta de lo social.

El populismo constituye un experimento soberano de autonomía frente a la civilización global que pretende legislar de manera universal. Es una alternativa política de construir una cultura democrática, libertaria, no sometida a procesos de obediencia, homogenización o uniformidad propias del neoliberalismo, que en sentido estricto funcionan en contra de la democracia.

FUENTE

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Neoliberalismo y globalización


El neoliberalismo cobra fuerza, no sólo en razón de la desintegración política y descomposición económica de los socialismos reales, sino porque se fundamenta en las fuerzas motrices de la nueva revolución tecnológica. La "cultura de la exclusión", agravada por la simbiosis del neoliberalismo y la globalización, saca de la escena económica a muchedumbres de mano de obra, a miles de empresas productivas y debilita la misma identidad nacional. Somos mundos y países tan diferentes y tan distanciados, cultural y económicamente, que sólo la vía del neoliberalismo no nos podrá congregar a todos.

Tres grandes mercados

1. El mercado de las empresas transnacionales: Al ser estas megaempresas mucho más poderosas que muchos Estados, arrollan nuestras fronteras con sus productos y capitales. En realidad, no necesitan arrollar las fronteras porque la teoría imperante ordena que los Estados "deben facilitar los flujos de mercancías y capitales y fomentarlos con subvenciones inmensas y que en tamaño superan la cantidad de subvenciones que el Estado Social jamás haya efectuado".

2. El mercado financiero: Este mercado de capitales financieros moviliza diariamente billones de dólares. Para decirlo en forma gráfica: "en cuatro días de transferencias bancarias internacionales, resultado de las transacciones de divisas, se manipula más dinero que toda la producción creada por la economía de Estados Unidos en un año, o por la economía mundial en un mes".

3. El imperio de los medios de comunicación social: Estos oligopolios o monopolios nos transmiten al instante no sólo hechos y sucesos, sino la interpretación de tales sucesos. Crean la nueva cultura del hombre hecho para producir, ganar y consumir. Hoy día los gastos en publicidad se emparejan con los pasados costos de la carrera armamentística. Los nuevos valores mercantiles agotan costumbres y valores tradicionales, gestando la clonación del nuevo "homo oeconomicus".

El Dr. Maza Zavala lo expresa en forma lacónica: "Una vez más, la globalización no solamente significa homogeneización del modo de producción en el mundo, sino también uniformidad cultural. Los patrones de comportamiento, los valores, los gustos, los hábitos, todo se mundializa; ya no hay lugar para los valores tradicionales, para los valores que identifican a un pueblo, los valores en que se fundamenta la existencia de una nación, sino que hay lugar para la universalización, pero una universalización que no resulta del consenso, que no resulta de la confluencia de voluntades de las diferentes sociedades humanas, sino que resulta de un designio, de una matriz diseñada para que se ajusten a su funcionamiento todas las actividades. Y de allí que haya, por consiguiente, un sistema mundial de comunicación, un sistema mundial de estilos de vida y, desde luego, un sistema político mundial: el sistema de la democracia representativa, una manera mundial de entender y aceptar la actividad del hombre, el hombre sin transcendencia, el hombre como sujeto y objeto de las apetencias de la vida ordinaria, el hombre en el afán de lucro y disfrute, el hombre que encuentra en ello el principio y fin de su razón de ser".

"Oponerse al neoliberalismo no significa estar en contra de la utilización eficiente de los recursos de que dispone la sociedad, no significa delimitar la libertad individual, no significa apoyar el socialismo de Estado... No se nos escapan los elementos positivos del neoliberalismo en la movilización internacional llevada a cabo por las transformaciones tecnológicas que han permitido disminuir las enfermedades, facilitar las comunicaciones, acrecentar el tiempo disponible para el ocio y la vida interior, hacer más cómoda la vida de los hogares"... Pero los efectos negativos son mayores.

A modo de índice, la "cultura de la exclusión", agravada por la simbiosis del neoliberalismo y la globalización, saca de la escena económica a gran cantidad de mano de obra, a miles de empresas productivas y debilita la misma identidad nacional. Al mismo tiempo, los bandazos tecnológicos del "proceso de destrucción creativa" y las incontrolables fluctuaciones especulativas del mercado financiero transfieren la inestabilidad monetaria a los sectores productivos empresariales y a las políticas económicas de los Estados. No puede ser éste "el fin de la historia" y es necesario escuchar otras voces.

"Hinkelammert presenta al primer mundo de hoy como un archipiélago que aparece en todos lados, en el interior de un mar circundante de espacios, que ya no pueden integrarse ni económica ni socialmente. Incluso, los países del primer mundo dependen de un crecimiento intensivo, altamente tecnificado, que ha logrado los límites tecnológicos posibles y que puede seguir solamente al paso del surgimiento de nuevas posibilidades tecnológicas y de su aprovechamiento.

A excepción de las inversiones en infraestructura, las nuevas inversiones son función de nuevos desarrollos tecnológicos. Aunque este archipiélago de inversiones intensivas en alta tecnología está ubicado sobre todo en el Norte, esta relación no puede entenderse como una relación Norte-Sur, sino como una relación de exclusión; hoy día se habla de un tercer mundo en el interior del primer mundo y de un primer mundo en el tercero. Lo que tenemos son centros o enclaves en forma de archipiélago y una periferia circundante, donde el mercado mundial engloba todo, dada la libertad de flujos de mercancías y capitales y la ausencia de intervenciones estatales a estos flujos.

El mundo informatizado plantea problemas a la democracia. Mientras la revolución industrial creó más puestos de trabajo de los que destruyó, la revolución informática amenaza con destruir más puestos de los que crea. Amenaza también con levantar nuevas y rígidas barreras de clase, especialmente entre los instruidos y no instruidos. La desigualdad económica ha aumentado ya en Estados Unidos, hasta el punto de que son mayores las disparidades en el igualitario Estados Unidos que en las sociedades clasistas de Europa. Félix Rohatyn habla de las tremendas transferencias de riqueza desde los trabajadores de baja capacitación y clase media a los propietarios de los bienes de capital y a la nueva aristocracia tecnológica.

Cinco tipos de deficiencias en el sistema capitalista global:

1. Los beneficios del capitalismo global están desigualmente distribuidos. El capital está en una posición mucho mejor que el trabajo porque tiene mayor movilidad. Además, el capital financiero está mejor situado en el sistema global que el capital industrial: su flexibilidad no es comparable con la libertad de que disfrutan los gestores de fondos internacionales.

2. Los mercados financieros son inestables por naturaleza, y más todavía los mercados financieros internacionales... Los riesgos de colapso aumentan porque nuestra comprensión teórica de cómo funcionan los mercados financieros es básicamente defectuosa. La teoría económica se apoya en el engañoso concepto del equilibrio.

3. La inestabilidad no se reduce al sistema financiero. La meta de los competidores es predominar, no mantener la competencia en el mercado. La tendencia natural de los monopolios y oligopolios debe ser limitada mediante regulaciones.

4. ¿A quién corresponde evitar una concentración de poder indebida y salvaguardar la estabilidad? Esto corresponde al Estado. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el Estado ha desempeñado un papel creciente en el mantenimiento de la estabilidad económica, y se ha esforzado por garantizar la igualdad de oportunidades y proporcionar una red de seguridad social, especialmente en las naciones altamente industrializadas de Europa y América del Norte. Pero la capacidad del Estado para ocuparse del bienestar de sus ciudadanos se ha visto gravemente afectada por la globalización, debido a que el capital puede escapar a la fiscalización mucho más fácilmente que el trabajo. El capital tiende a evitar países donde el empleo se vea sometido a impuestos elevados o esté muy protegido. Ello conduce a un aumento del desempleo, que es lo que ha sucedido en la Europa continental.

5. Toda sociedad necesita tener valores compartidos. Los valores del mercado no sirven para este propósito porque sólo reflejan lo que un participante en el mercado está dispuesto a pagar a otro dentro de un libre intercambio. Los mercados reducen todo, incluidos los seres humanos (mano de obra) y naturaleza (tierra) a mercancía. Podemos tener una economía de mercado, pero no podemos tener una sociedad de mercado. Además de los mercados, la sociedad necesita tener instituciones que sirvan a fines sociales como la libertad política y la justicia social. Estas instituciones existen en países concretos, pero no en la sociedad global. El desarrollo de una sociedad global se ha quedado retrasado respecto al de una economía global. A menos que se acabe con esta distancia, el sistema capitalista global no sobrevivirá".

La "cultura de la exclusión" avanza más allá del crecimiento con desempleo y desigualdad, derivados de los bandazos de la tecnología y la especulación, arrollando a su paso a los mismos Estados, posibles controladores de estos desequilibrios globales. A. Schelensiger habla de la devaluación de los poderes y valores nacionales. "Un objetivo de la creatividad capitalista es la economía globalizada. Un candidato, no previsto, para la destrucción capitalista es el Estado nacional, tradicional asiento de la democracia. El ordenador convierte al mercado sin trabas en un monstruo global irresistible, que atraviesa las fronteras, debilita los poderes nacionales de implementación de impuestos y regulaciones, impide la gestión nacional de las tasas de interés e intercambio, amplía las disparidades de riqueza lo mismo dentro de las naciones que entre ellas, derrumba las normas laborales, degrada el medio ambiente, niega a las naciones el poder dar forma a su propio destino económico, sin dar cuenta a nadie, y crea una economía mundial sin una política mundial. El ciberespacio está más allá del control nacional. No existen autoridades que proporcionen control internacional. ¿Dónde está ahora la democracia?

Frente a esta concentración globalizante emergen tendencias centrífugas que nos hacen ver, dentro de la aparente unificación de los mercados, un mosaico fraccionado de feudos y refugios humanos. "El mundo de hoy --dice A. Schelesinger--- está desgarrado en direcciones opuestas. La globalización ocupa el puesto de mando y dirige la humanidad , pero --al mismo tiempo-- impulsa a las personas a buscar refugio a sus poderosas fuerzas, que están más allá de su control y comprensión(Unión Europea). Se retiran a unidades familiares, inteligibles, protectoras (las naciones). Ansían la política de la identidad. Cuanto más rápidamente se integra el mundo, más personas se refugiarán en sus enclaves religiosos, étnicos o tribales. La integración y la desintegración se alimentan mutuamente".(Esta sería una explicación plausible del creciente populismo en Europa y en EE.UU.)

Desde el Instituto de Estudios Superiores de París, Alain Tourraine recoge este desafío, devolviendo al Estado su función de regulador de los equilibrios sociales. "Pero, ¿quién puede ejercer este control cuando se nos repite constantemente que los Estados nacionales han perdido su poder y se han vuelto impotentes frente a la mundialización de los mercados? Esta afirmación exige dos respuestas. La primera es que esto es falso en gran medida. Cuanto más compleja y cambiante es una economía, más difícil es lograr un crecimiento duradero, y la importancia de esta idea proviene de que muestra hasta qué punto los equilibrios internos de una sociedad se han convertido en condiciones necesarias para el crecimiento de una economía. Estos equilibrios sociales no se mantienen espontáneamente; al contrario, la economía de mercado crea desequilibrios y fuerzas de acumulación y exclusión que amenazan a los equilibrios básicos de la sociedad. Estos, para ser restablecidos, requieren de la intervención del Estado y de otros agentes propiamente políticos y sociales. (Lo que dice Tourraine es lo que defiende Marine Le Pen, recuperar el concepto de nación frente a la fuerza poderosa de la UE que esta más allá de su comprensión y control).

La serie de testimonios sobre los efectos del huracán de la globalización en la exclusión de ingentes cantidades de mano de obra, miles de empresas, ingresos y empleos, Estados arrollados en sus poderes y políticas, sumado todo ello a la pérdida de la misma identidad nacional y a la discriminación social, se ha traducido en una respuesta de rechazo a la tesis-eje del neoliberalismo: el mercado es el autorregulador.

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

El Ultimo Argentino
El concepto del Populismo se ha bastardeado en el último tiempo.

Para el intelectual europeo actual ser nacionalista es ser populista ?
Porque á cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
El Ultimo Argentino escribió
El concepto del Populismo se ha bastardeado en el último tiempo.

Para el intelectual europeo actual ser nacionalista es ser populista ?
El Ultimo Argentino, creo que el populismo y el nacionalismo son dos conceptos complementarios, ya que populismo significa participación ciudadana dentro de unas estructuras que le sean comprensivas y que a través de su votos las pueda controlar, esa estructura se denomina nación. La globalización lleva a los ciudadanos a la incomprensión y a la no participación de los procesos políticos. Un ejemplo es la UE que es una superestructura con una legitimad secundaria.

Un cordial saludo
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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EL POPULISMO DE DERECHA DE USA: UN GRAN ENGAÑO PARA EL PUEBLO.

Tres meses de Donald Trump: más de lo mismo





Por Marcelo Colussi

Ya pasaron más de tres meses de la asunción de Donald Trump como presidente de la primera potencia capitalista del mundo: Estados Unidos de América. Nada ha cambiado. Si alguien había pensado que algo podía cambiar con su llegada a la Casa Blanca, se equivocaba de cabo a rabo. ¿Por qué habría de cambiar?

En todo caso, el discurso que levantó el magnate durante su campaña presidencial pudo hacer pensar –equivocadamente, por supuesto– en algún cambio coyuntural. Ante la actual crisis que vive la economía estadounidense, su propuesta apuntaba, al menos en la declamación, a un intento de renacimiento de la alicaída industria nacional.

Pero ahí viene el espejismo. Lo que está alicaído es el poder adquisitivo de la clase trabajadora estadounidense: sus empresas siguen prósperas, muy saludables, manejando el panorama con perspectivas de futuro. Si bien es cierto que, en términos técnico-contables, la producción bruta de China ha superado a la de Estados Unidos, el país americano sigue siendo aún el líder mundial, económica, política, tecnológica y militarmente.

De las más corpulentas empresas a nivel global, las once más grandes tienen su casa matriz en territorio estadounidense, siendo 54 de ese origen las más capitalizadas entre las primeras 100 de todo el planeta. Siguen manejando todos los dominios: petróleo (Exxon-Mobil, Chevron-Texaco), tecnologías de la comunicación (Apple, Microsoft, Google, Facebook, Hollywood), banca (Wells Fargo & Co, JMorgan Chase, Berkshire Hath-A), química (Johnson & Johnson, Procter & Gamble, Pfizer Inc.) y, por supuesto, industria militar (Lockheed Martin, Boeing, BAE Systems, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, Halliburton, General Motors, IBM. Todos estos capitales del complejo militar-industrial registraron ventas en 2016 por casi un billón de dólares, teniendo además incrementos desde 2010 de un 60%, por lo que para ellos, claramente, no cuenta la crisis económica).

Hay decadencia, y como ha sucedido con todo imperio en la historia, parece haber llegado ya al pico máximo de su expansión, habiendo comenzado su lento declive. Pero lejos está de ser un imperio derrotado: sigue marcando el ritmo en infinidad de aspectos. Inmediatamente después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el país americano era la gran potencia capitalista dominadora de la escena. Única nación con poder nuclear en ese entonces, aportaba el 52% de todo el producto bruto mundial. En este momento ya no detenta el monopolio de la bomba atómica (al menos Rusia y China son sus rivales en paridad), y su aporte a la producción global ha descendido al 18%. Sin dudas, no sigue en expansión, tal como sucedió desde mediados del siglo XIX y durante todo el XX. De todos modos, aunque ya comienza a ser puesto en entredicho, su moneda: el dólar, sigue siendo en buena medida la divisa universal. Y el inglés, aún hoy, la lingua franca obligada. Hollywood, mal que nos pese, es el referente cultural del planeta, tanto como la Coca-Cola o el Mc Donald’s.

El proceso de globalización neoliberal, comenzado hacia la década de los 70 del pasado siglo, reconfiguró el mundo, y obviamente, también al sistema capitalista. La producción y la comercialización se hicieron absolutamente planetarias: una misma mercancía puede ser elaborada en cualquier parte del mundo con la misma tecnología y distribuida por todo un expandido mercado mundial. Los capitales privados aprovechan así las ventajas que le ofrecen los países más pobres, donde los salarios son más bajos y donde gozan de ciertos privilegios, como la exención impositiva, la debilidad o falta de regulaciones medioambientales y la escasa o nula organización sindical de los trabajadores. De esa forma, una empresa oriunda de un país rico y desarrollado abandona sus instalaciones allí para establecerse en alguna llamada “zona franca” del Tercer Mundo; así, abarata los costos de producción, pero no abarata el precio final del producto terminado. Y dicho producto ya no se comercializa solo de fronteras adentro en el país productor, sino en un mercado mundial. A partir de ese esquema, quien pierde es la clase trabajadora del país originario de los capitales. Los capitales no pierden sino que, por el contrario, ganan más aún.

Así considerado el mecanismo en juego, Estados Unidos se empezó a empobrecer relativamente: sus trabajadores se empobrecieron, porque en muchos casos se quedaron sin empleo. Las empresas siguen ganando monumentalmente. Ya vimos los datos de la industria militar: cada vez hay más guerras, por tanto, más armas. Y Estados Unidos provee la mitad global de esos equipos. Por tanto, no hay crisis para esas megaempresas.

Digámoslo con un ejemplo: lo que fuera la meca del automóvil, la ciudad de Detroit, en el estado de Michigan, para 1960 llegó a tener tres millones de habitantes, la mayoría ocupada en la producción automotriz. Con el proceso de reubicación, esas grandes empresas estadounidenses se trasladaron a innumerables puntos del globo en los cinco continentes. La clase obrera industrial de Detroit quedó en la ruina (esa es una ciudad casi fantasma al día de hoy, con apenas 300.000 habitantes), pero las megaempresas automovilísticas del país: General Motors, Ford, Chrysler, siguieron sus negocios. ¿Quién se empobreció? La clase trabajadora.

A partir de esa situación de empobrecimiento de la masa trabajadora (los votantes), el discurso efectista (populista) de Donald Trump durante su campaña levantó expectativas. Habló –como todo candidato en campaña que vende fantasías, pirotecnia verbal– de cambiar esa situación, haciendo que la industria retirada de suelo estadounidense volviera a territorio patrio. Sin dudas, esas encendidas promesas lograron su cometido: contrario a todos los pronósticos, Trump ganó las elecciones. Pero las empresas no volvieron… ¡ni van a volver!



En muy buena medida, su “caballo de batalla” para la campaña fue una encendida xenofobia, con promesas de expulsión de tantos “hispanos que vienen a robar puestos de trabajo”. La construcción del muro (de la cuarta parte que falta, porque, de hecho, esa valla ya está construida en la frontera con México) y la deportación de miles de indocumentados latinoamericanos tiene, básicamente, un efecto propagandístico. La economía estadounidense sigue muy próspera para los capitales, pero para sus trabajadores difícilmente mejore. En realidad: no puede mejorar, porque el ciclo de crecimiento capitalista de Estados Unidos ya pasó. Ahora su consumo supera con creces a su producción, por lo que el país en su conjunto (población y Estado) viven del crédito. Son las divisas chinas y japonesas las que mantienen a flote el presupuesto federal de Washington; y son las tarjetas de crédito (con una deuda promedio de 5.000 dólares por ciudadano) las que mantienen las economías domésticas. ¿Quién se beneficia de eso? Obviamente no los tarjeta-habientes, los trabajadores, sino la banca.

Como todo discurso efectista (populista de derechas) de un candidato presidencial en campaña que vende “espejitos de colores”, también Donald Trump dijo que no se involucraría en la guerra con Siria, y que enfriaría el siempre candente conflicto con Rusia, supuesto preámbulo de una nueva guerra mundial (para el caso: nuclear, por lo tanto, posiblemente la última).

Pero a poco tiempo de su asunción, vemos cómo el complejo militar-industrial sigue decidiendo las cosas. Los 59 misiles crucero disparados sobre una base militar en Siria o la “madre de todas las bombas” arrojadas recientemente en Afganistán, lo evidencian.

Ningún presidente de Estados Unidos –como ningún presidente en ningún país capitalista en ninguna parte del planeta– es el que decide finalmente las cosas. Grandes poderes le susurran al oído (o le gritan) lo que debe hacer. Esos poderes tienen nombre y apellido concreto: son esos megacapitales que se mencionaban más arriba. Y más aún: en la gran potencia americana, desde mediados del pasado siglo esos megacapitales están constituidos por lo que se llamó el complejo industrial-militar, la principal actividad económica actual de Estados Unidos (25% de su producto bruto). George Kennan, politólogo clave de Washington durante la Guerra Fría, dijo en 1997: “Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo industrial-militar estadounidense tendría que seguir existiendo, sin cambios sustanciales, hasta que inventáramos algún otro adversario. Cualquier otra cosa sería un choque inaceptable para la economía estadounidense”. El día que un presidente osó querer detener la guerra de Vietnam, John Kennedy, como toda respuesta de esos “mandamases” recibió un certero balazo en la cabeza. Y la guerra de Vietnam, por supuesto, siguió adelante. Los 60.000 soldados estadounidenses caídos no se comparan con las ganancias obtenidas por ese complejo militar-industrial.

Ese adversario que debe ser inventado, por cierto, no deja de aparecer de continuo: el “terrorismo”, el “narcotráfico”, o cualquier nuevo demonio que pueda darse en el futuro (los Estados canallas, las maras, los mosquitos transmisores del dengue, como en el Acuífero Guaraní en la triple frontera argentino-paraguaya-brasileña, la “dictadura castro-comunista de Venezuela”, etc., etc.). La industria militar, que ocupa directa o indirectamente a uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses, no se detiene.

Las fantasiosas declaraciones de Trump previo a sentarse en la Casa Blanca hablaban de una “tranquilización” en la actual no declarada –pero real y efectiva– nueva Guerra Fría (35.000 dólares por segundo gastados en armamento a nivel mundial). Las recientes operaciones militares en Siria y Afganistán muestran la realidad.

Es de esperarse que no lleguemos nunca a una nueva guerra mundial con armamento nuclear. En tal caso, solo las cucarachas podrían contar qué sigue (si es que sobrevive alguna). Los capitales que dirigen el mundo son voraces, pero no locos. Seguramente se seguirá manipulando a la opinión pública, aterrorizando a las poblaciones y mostrando imágenes apocalípticas de un probable enfrentamiento atómico, aunque nunca se lleguen a oprimir los fatídicos botones del pandemonio. Pero la necesidad de “estar preparados para la hecatombe”, según la bien aceitada industria comunicacional capitalista, hace que la máxima romana siga vigente: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Y el complejo militar-industrial ganando millonadas.

¿Por qué Donald Trump iba a ser distinto? Quizá tiene un estilo distinto, diferente a la corrección política de sus antecesores; pero con tres meses ya quedó por demás de claro cómo son las cosas: ¡más de lo mismo! Así de simple. O de patético…

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
En respuesta a este mensaje publicado por Juan Carlos
GLOBALISMO CONTRA SOBERANISMO - NEOLIBERALISMO CONTRA "POPULISMOS" EUROPEOS




Un cordial saludo
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
En respuesta a este mensaje publicado por Juan Carlos

Macron S.A.




El programa del candidato de extremo centro renueva la política de Hollande y Valls, sumisa con Bruselas y la oligarquía francesa

Por VIRGINIE TISSERANT / ANDRÉS VILLENA

A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, el candidato Emmanuel Macron aparece como el gran favorito frente a la ultraderechista del Frente Nacional, Marine Le Pen. El exministro de Economía se presenta como un tipo particular de antisistema, “ni de derechas, ni de izquierdas”, pero basta un estudio de su programa y de sus apoyos para deducir que la ‘revolución desde arriba’ que este pretende poner En Marcha --el nombre de su apresurado movimiento político--, representa una trama perfecta al servicio de la oligarquía y de los grupos de mayor poder del Estado francés. No obstante, este caso cuenta con una particularidad: que todo puede ser siempre peor, ya que la crisis económica y la degeneración del sistema de partidos han debilitado seriamente el antiguo y en cierto modo idealista paradigma del frente republicano, según el cual Macron contaría con todas las posibilidades de vencer en las elecciones presidenciales, al forzar al voto antifascista a las diversas facciones de la izquierda.

En este sentido y pese a que casi todos los candidatos han pedido el voto para este representante de las élites francesas, la izquierda comandada por Jean-Luc Mélenchon ha dado, por el momento, plena libertad a sus militantes. Buena parte de esta podría abstenerse, argumentando que el neoliberalismo oficialista, origen de las mayores desigualdades económicas y sociales, terminará favoreciendo a medio plazo precisamente al Frente Nacional de Le Pen del que se pretende huir. Con la abstención y con el voto en blanco como comportamientos políticos probablemente protagonistas se presenta el siguiente dilema: ¿apoyar a Macron para fortalecer a Le Pen, o quedarse en casa con el riesgo de favorecer la definitiva caída en el fascismo del siglo XXI? Todo parece indicar un desenlace inquietante con un probable final nada positivo: la candidatura del líder del neoliberalismo francés representa una completísima trama, para mayor gloria del nuevo modo de explotación comunitario europeo. Un “crimen perfecto”, como afirmaría el intelectual francés postestructuralista Jean Baudrillard.  

Finanzas, poder político y medios de comunicación

Banquero de Rothschild y ministro de Economía e Industria del Gobierno Hollande-Valls, Emmanuel Macron, diplomado en la exclusiva ENA (École Nationale d’Administration), goza del apoyo del triunvirato del poder en Francia: los medios de comunicación, el poder político y las finanzas. La trayectoria política y profesional del candidato ha dejado numerosos ejemplos de ello.
 
Pierre Gattaz, presidente de la patronal francesa MEDEF (Mouvement Des Entreprises de France) y de la entidad de electrónica Radiall, ha abandonado recientemente toda imparcialidad al afirmar en una entrevista tras la primera vuelta de las elecciones que “su candidatura trae mucha frescura”, y asegurando que los empresarios organizados están con él. Además, Macron cuenta con el apoyo de gran parte de la oligarquía del país, representada, entre otros, por Bernard Arnault (propietario de LVMH, corporación de artículos de lujo que lo ha convertido en el hombre más rico de Francia según la revista Forbes), por Alexandre Bompard (FNAC y ahora FNAC-Darty, además de Canal Plus y Europe 1), por Marc Simoncini (fundador de Meetic, entre otras empresas) y por Vincent Bolloré (Vivendi).

Entre sus valedores dentro del mundo empresarial no debe tampoco olvidarse la importancia de Henri de Castries, expresidente de la multinacional de seguros AXA y que ahora dirige el Institut Montaigne, think tank neoliberal que también mostró su apoyo al candidato de la derecha republicana François Fillon. El programa de esta institución constituye una versión extrema del de Macron: propone la privatización de la Seguridad Social y la eliminación de las cargas empresariales en el salario mínimo. No es una casualidad que la sede del partido líquido de Emmanuel Macron, En marche, fuera originariamente registrada como asociación en el domicilio privado de uno de los dirigentes de dicho instituto, el intelectual académico Laurent Bigorgne.

Los medios de comunicación, además de las grandes empresas y de este tipo de centros de pensamiento, representan otro de sus pilares hegemónicos. En este ámbito, Macron cuenta con el apoyo incondicional del multimillonario Patrick Drahi, presidente del todopoderoso holding de las telecomunicaciones e internet Altice, con sede en Luxemburgo. La relevancia de Drahi se incrementó notablemente después de que un decreto ministerial sometiera a la aprobación por parte del Ministerio de Economía de las operaciones de adquisición de empresas en el ámbito de las telecomunicaciones. Fue entonces cuando Patrick Drahi compitió con Bouygues Telecom para apoderarse del operador francés SFR, una disputa de la que este empresario salió vencedor en 2014 con la rúbrica final del entonces ministro. Esto convirtió al grupo Altice en el mayor accionista de SFR, propietario, además, de los influyentes diarios Libération y L’Express. Las connivencias no terminan aquí: en 2015, Patrick Drahi adquirió el grupo mediático France Next Radio con la ayuda de Bernard Mourad, exbanquero de inversión de Morgan Stanley y ahora consejero especial para la financiación de la campaña electoral de Macron.

Otra amistad excelente de Macron es Jacques Attali. En 2007, este economista cercano al PS, influyente asesor en el largo camino hacia el centro político de François Mitterrand, recibió el encargo del presidente Nicolás Sarkozy para liderar la  denominada Comisión para la liberación del crecimiento francés (Comisión Attali). De dicho grupo de trabajo fue precisamente nombrado relator general un jovencísimo Emmanuel Macron. La comisión produjo como resultado programático una monografía de título enigmático, Una ambición para diez años. Las 314 medidas de políticas públicas propuestas al presidente conservador se usaron también como base de buena parte de la acción pública del quinquenio de Hollande, quien conoció a Macron a través de Attali. Como ejemplo, la Ley Macron de 2015, una reforma de las profesiones reglamentadas que liberalizó --y uberizó-- numerosos sectores económicos, legalizando el trabajo dominical, e impulsó la financiación privada de las universidades. Medidas que, no por casualidad, son parte nuclear del programa electoral del candidato liberal que parece listo para culminar la década de ambición precisamente en el 2017, justo diez años después de su formulación inicial.

Ideología pura, privatización y entierro del Partido Socialista

Los vínculos económicos que potencian y limitan al mismo tiempo a Macron determinan su discurso superficialmente antisistema. Un discurso que ha terminado por atraer tanto a los centristas como a diversos ecologistas proeuropeos. Y, por imperativo categórico, a muchos socialistas y comunistas. La ausencia de una alianza burocráticamente imposible entre el insumiso Mélenchon y el socialista de izquierdas Benoît Hamon, unida a la traición de los eternos renovadores capitaneados por el ex primer ministro Manuel Valls, han terminado por situar a Macron como la única candidatura demócrata posible. Esto supone una privatización de facto del Partido Socialista francés que, después de la nefasta gestión Hollande-Valls, ha sido externalizado en favor de un candidato empresarial que lleva más de una década influyendo sobre las decisiones más importantes del país.

El histórico PSF desaparecerá como fuerza relevante, virtualmente ‘asesinado’ por los compromisos de sus dirigentes con los poderes fácticos del país. Si los años de Mitterrand supusieron la aniquilación definitiva de su ideología socialdemócrata, el Valls bailado por Hollande y Macron durante los últimos cinco años representa un entierro nada prematuro de una fuerza política que explica parte de los avances sociales del ya casi olvidado siglo XX.

Pero la victoria de Macron, en caso de producirse, no queda exenta de dudas y amenazas. Incluso con su triunfo podría sobrevenir el desastre, si tenemos en cuenta las elecciones legislativas que tendrán lugar un mes después de las presidenciales. Macron debe presentar a 577 aspirantes a diputados. Para poder lograrlo, su candidatura tendrá que apoyarse en apoyos tan diversos que podrían  dificultar la aplicación del proyecto del gobierno. ¿Se alinearán las élites parlamentarias para facilitar la puesta en marcha del programa insaciablemente reformista del candidato del CAC40 (el Ibex35 francés)?

Su programa económico y social respeta la austeridad y las reformas exigidas por la presidenta alemana, Angela Merkel, y sus aliados del norte. Entre sus propuestas destacan: un ahorro público de 60.000 millones de euros --Macron no cuenta que dicho ahorro, por lógica económica y contable, provocará un endeudamiento privado de la misma cuantía--; una nueva ‘flexibilización’ del mercado de trabajo, un abaratamiento del despido para fomentar la exportación más barata; la supresión de 120.000 puestos de funcionarios, a los que ha declarado la guerra; y la eliminación de la tasa de vivienda para las ciudades, con lo que haría desaparecer una fuente fundamental de financiación para el sector público.

Terror de fin de ciclo

Razones para el pesimismo: el sistema francés parece abocado a un fin de ciclo. Resignado a aceptar el dogma supranacional y neoliberal del euro, el sistema de partidos de la V República ha pasado del antagonismo izquierda-derecha a una radicalización, frente a la cual todavía resiste una opción oficialista que, en realidad, encubre una renovación de las élites para profundizar en el saqueo neoliberal del país. Los monstruos (como los discursos de la todavía candidata Marine Le Pen dejan entrever) aparecen en períodos como este, cuando la amenaza del caos social alienta a las masas a la desesperada búsqueda de salvadores, como afirmó el filósofo de la Escuela de Fráncfort Sigfried Kracauer en su estudio cinematográfico de la Alemania de los años 30. Entretanto, se inicia una cada vez más improbable reinvención de la izquierda y de la respuesta popular: solo un rearme parlamentario de los “insumisos” supondrá un mínimo contrapeso a la última nueva ofensiva neoliberal.

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Kanbei
En respuesta a este mensaje publicado por Juan Carlos
Macron,
un producto siniestro, teledirigido por los más oscuros poderes.
http://www.voltairenet.org/article196022.html
Cómo vender lo viejo como si fuera nuevo
De la Fondation Saint-Simon a Emmanuel Macron

Como Kushner, Trump,May, el de Canada y el de Australia...
 "Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla" Tsun Zu
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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ELECCIONES FRANCESAS



Elegir entre lo malo y lo peor


Por Fidel Olivan

Las cartas están sobre la mesa, tenemos dos candidatos a la presidencia francesa que se batirán en duelo el próximo 7 de mayo. Sin embargo, este caso es claramente diferente a las convocatorias anteriores donde al menos uno de los dos partidos tradicionales aparecía en la segunda vuelta.

Tras el cuádruple empate al 20% del pasado domingo, solo queda afrontar la realidad y elegir. En un sistema de partidos en horas bajas, donde las lealtades partidistas parecen esfumarse, podemos pensar que hay espacio para lo inesperado. No es el caso, las encuestas dan el 60/40 en favor del joven banquero salvo si existe una abstención masiva, que le restaría muchos votos.

Fillon, Hamon y Hollande no han tardado en mover ficha y han mostrado su apoyo incondicional a Macron, en una suerte de “frente republicano”. El único candidato con un gesto claramente demarcador, no apoyando a ninguno, ha sido Mélenchon, en las antípodas ideológicas de Le Pen. Desde España ya se ha opinado sobre este tema de manera predecible; unirse a este frente “contra el fascismo”, aunque eso signifique votar y apoyar al principal causante de su auge, que podríamos definir nebulosamente como la izquierda socioliberal establishment globalizadora.

Cuando Macron, el máximo representante de este grupo social, se personó valientemente en una de las 900 fábricas que él mismo forzó a cerrar y a deslocalizarse, el dilema de los trabajadores franceses se mostró en su cruel realidad. Cinco años más de lo mismo, un proyecto político agotado que no ataja innovadoramente los problemas económicos, culturales, soberanistas y de seguridad. La respuesta de Macron, en lo económico, es la masivamente rechazada Ley del Trabajo; en lo cultural, el statu quo en la cuestión de la inmigración claramente molesto para una parte de los trabajadores; en lo soberanista, un mayor avance en la integración europea que implica deslocalizaciones, desindustrialización y precarización; y en la seguridad, el recrudecimiento de las medidas de excepción que ya han causado varios muertos inocentes y multitud de arbitrariedades.

El desenlace acaecido en la fábrica Whirlpool fue claramente crónica de una muerte anunciada. Macron defendiendo a las empresas y los patrones… delante de los propios trabajadores en lucha. La reacción de la plantilla fue la esperada: fue expulsado de un cementerio laboral que él mismo había construido como ministro de economía.

En el campo contrario, Le Pen visitó la misma fábrica unas horas antes, haciendo gala de su inteligencia política. En vez de apelar a la inevitabilidad de las medidas económicas, apeló a los sentimientos, a la identidad. Esta es, probablemente, la lección más importante que nos pueden aportar la nueva derecha: los llamados gramscianos de derecha con Alain de Benoist a la cabeza. Y es que la política no son hechos sino identidad y sentimientos.La racionalidad natural -eje izquierda-derecha- del asunto se descoloca muy rápidamente cuando vemos quien vota a quien, cuando el Frente Nacional (FN) se convierte en el representante de los trabajadores. El análisis por distritos así lo plantea. No obstante, si hay un partido que representa a los trabajadores franceses, ese es el de la abstención, como advierte Ernesto Castro.



Los datos respaldan lo avanzado anteriormente en cuanto al comportamiento electoral de las clases sociales: 24% entre los parados, 30% entre los empleados y 40% entre los obreros se decantaron por la candidata Marine Le Pen en la primera vuelta frente a los 18, 17 y 13% de Macron. Donde sí triunfó Macron fue entre las profesiones liberales y directivos: 28 y 24% frente a 15 y 17% de Le Pen.

¿No es esto, acaso, una lucha de clases silenciosa, algo desdibujada por la pérdida de importancia del eje izquierda-derecha? Esta es la tesis de Slama quien pregona “el estruendoso regreso de la lucha de clases” o del politólogo Sapir quien declara que “la lucha de clases se ha reinterpretado por la realidad de un nuevo modo”. Esta reinterpretación sería el doble eje medidas sociales progresistas-conservadoras y nacionalismo proeuropeísta.

En un país que, recordemos, tumbó el referéndum de la UE de 2005, donde las coordenadas tradicionales no parecen funcionar a pleno pulmón, parece que se está eligiendo entre lo malo y lo peor desde el punto de vista del trabajador francés. Y ante este panorama, la estrategia seguida hasta ahora por la izquierda tiene que reinventarse. Ernesto Castro es tajante: no hay que cerrar filas ni crear un cordón sanitario alrededor del Frente Nacional con esta superioridad moral de la izquierda cool. No hay que votar a Macron como un acto antifascista, que otros, desde la izquierda, tachan de “voto de clase reaccionario”. Los mecanismos vemos que operan de todas maneras, que Whirlpool es de Le Pen y no de nadie más, lamentablemente.

El voto a Macron es tirar piedras contra el mismo tejado. No se trata solo de que lo que propone no sea beneficioso para los trabajadores ni de que justamente ahonde en los problemas que hacen surgir al FN. Se trata de que los problemas de raíz, entre los que se encuentra la propia existencia del FN, no tienen solución dentro del marco actual, Mélenchon incluido. Como proyecto rupturista, tiene demasiadas conexiones con el establishment, empezando por su líder, y acabando por una maquinaria partidista dividida, sin proyecto ideológico definido y más interesada en gestionar que en transformar. No vale con votar a Macron como muro de contención inevitablemente temporal. Son necesarias mediaciones entre los partidos y la base social que dicen representar, son necesarios recursos culturales y organizativos que sean capaces de luchar contra el FN en el campo de las ideas y de la movilización social. No vaya a ser que, paradójicamente, Gramsci sea mejor utilizado por la nueva derecha que por la vieja izquierda.

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
En respuesta a este mensaje publicado por Kanbei
Kanbei escribió
Macron,
un producto siniestro, teledirigido por los más oscuros poderes.
http://www.voltairenet.org/article196022.html
Cómo vender lo viejo como si fuera nuevo
De la Fondation Saint-Simon a Emmanuel Macron

Como Kushner, Trump,May, el de Canada y el de Australia...
Kanbei, me parece una tontería que la izquierda francesa vaya a votar por Macron solamente para que no gane Le Pen. Lo más antidemocrático es tener que votar por un candidato que repudias para que no gane otro candidato que tampoco te gusta. En el caso particular del sistema electoral francés donde hay una segunda vuelta y quedan dos candidatos que no son de tu agrado, lo más lógico y coherente es la abstención.

Incitar a la gente a votar en contra de... en vez de a favor de... me parece un ejercicio de estupidez política.

Un cordial saludo  
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Dario Ruarte
Puede que gane Macrón -toda la partidocracia lo apoya- pero, dudo que lo haga 60/40. Más bien lo veo 52-48 y sufriendo hasta último momento como en un parto.

Mi sentimiento revolucionario me dicta apoyar a Le Pen obviamente. Además, soy feminista.
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Fleischman
Ganó el machismo.

Los picoleros haciendo predicciones no tenemos precio...
Paciencia. Valor. Esfuerzo.
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Dario Ruarte
No vi al final las cifras definitivas pero si, entiendo que estuvo como 61-39%, verdad ?

No me disgusta Macrón -en sus ideas y filosofía- pero, mucho me temo que su falta de inserción política real le va a pasar factura. Salvo que sea un mago terminará prisionero de alianzas, negociaciones y presiones.

Lo que me resulta simpático de ver -y se nota que estamos en un fin de ciclo civilizatorio- que ya no gana nadie porque "es mejor" o "me gusta más" sino que termina ganando el "menos malo" o el que podemos votar con la nariz tapada para que no gane "el otro".

O, siempre ha sido así pero uno vive su propia época como si fuera "única" y nos parece que antes llegaban Presidentes que encarnaban los sueños de una parte importante de la sociedad cuando, visto en "su" momento histórico quizás siempre ganaron "los menos malos" y punto.
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Fleischman
Macron ganó elecciones en Francia con 66,1% contra 33,9% para Le Pen.

Aquí hace muchos años que la elección es también entre lo malo y lo peor, pero como dices puede ser que siempre haya sido así, y que simplemente nos parezca que los pasados fueron mejores simplemente porque no los estamos sufriendo ahora...
Paciencia. Valor. Esfuerzo.
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
En respuesta a este mensaje publicado por Juan Carlos
Entrevista al historiador Emmanuel Todd

“Lo que más me preocupa en Francia es la radicalización de los poderosos”




Historiador, demógrafo, autor de algunos libros bastante sólidos en relaciones internacionales y de algunas obras mayores como Le Destin des immigrés. Assimilation et ségrégation dans les démocraties occidentales, Emmanuel Todd, 1951, es un pensador a veces desconcertante pero siempre original.

Muy polémico en Francia e indiferente a las críticas que suscita en el gran rebaño intelectual, Todd es un sólido estudioso de la antropología histórica del mapa francés y de los sistemas familiares. Nieto del filósofo Paul Nizan y pariente de Claude Lévi-Strauss, Todd considera que el euro es un desastre para Francia, que su país ya no cuenta para nada y que, tras la elección de Emmanuel Macron, se entrará en un escenario de turbulencias.

A pocos días de su jubilación se declara algo apartado de sus ocupaciones intelectuales habituales y con ganas de meterse en temas tan alejados de ellos como por ejemplo la arquitectura del Imperio Romano.

Estas elecciones parecen más el principio de algo que un desenlace, ¿no?

Para mi la verdadera novedad ha sido el voto a Mélenchon. Es la única fuerza que ha progresado de verdad, más de 8 puntos, cundo el FN solo ha avanzado 3,5 puntos. Ha quedado a la par. Creo que la emergencia en Francia de una fuerza de contestación al liberalismo y Europa que no es xenófoba, es una verdadera esperanza. Dicho esto, no pasó a la segunda vuelta en la que se enfrentan la Francia de arriba y la de abajo. No veo nada esencialmente nuevo, sino algo parecido al fantasma del Tratado de Maastricht. Es decir, los dos campos de 1992 que finalmente han adquirido una forma política como en el voto del referéndum constitucional (de 2005). Lo primero que hice después de la primera vuelta fue sumar el total Macron+Fillon+Hamon, es decir de todos los que juraron lealtad a Berlín. Todos los favorables al euro y que de hecho no son más que eso, con algunos diciendo que harán ciertas cosas, como Fillon y Hamon, y otros que dicen que no harán nada en ese frente, el caso de Macron. Se obtiene un 50% con algunas migajas, es decir es como una repetición del voto de Maastricht. Me parece fascinante porque han pasado 25 años, el euro es un fracaso económico total, Francia acumula un paro estructural del 10%, se ha fragmentado su sociedad y el resultado es un conformismo increíble. ¿Por qué no ha aumentado aún más ese rechazo?

Lo primero que se me ocurre es observar la población. Entre 1992 y 2015, la población francesa ha envejecido. La edad media ha aumentado entre 5 y 6 años. Y en el contexto del euro, los viejos son prisioneros. No fue el caso del Brexit, ni de Trump en Estados Unidos, pero en Europa y en Francia los viejos viven bajo la amenaza de una liquidación de sus pensiones si se sale del euro. Hasta ahora se decía, “los viejos son conservadores”. Yo diría más bien que han perdido el derecho de voto. Les dicen, “si quieren mantener sus pensiones, hay que mantener el euro”. Es un factor de bloqueo y ese factor ha aumentado de una manera increíble.

Lo segundo es que una de las cosas que explican el temperamento democrático e igualitario en las sociedades avanzadas es la estratificación educativa. Antes era saber leer y escribir. Desde la guerra, se aumentó el nivel de gente con estudios secundarios, superiores… La gente con estudios superiores produjo una oligarquía de masas. No de élites, sino de masas, gente que vive en su propia salsa y que se cree superior. La gente que apoyaba a los Clinton en Estados Unidos, los universitarios partidarios del “remain” (en la UE) en Inglaterra, los jongleurs que oscilan entre izquierda y derecha en Francia… pero lo que se me escapó es que el número de esta oligarquía no es estable. Miré las estadísticas: en 1992 la proporción de gente con estudios superiores era del 12% y ahora son el 25%. Quiere decir que el segmento superior oligárquico de la sociedad ha doblado de tamaño en el periodo. Así pues: una población más vieja, más masa oligárquica, todo eso integrado arroja una base para el conformismo macronista que se ha desarrollado enormemente, mientras la situación general de los de abajo se ha deteriorado notablemente desde Maastricht. Una polarización. Y por eso creo que los macronistas están tan nerviosos. Yo vivo en ese medio. Te dicen, “cómo es que te vas a abstener…” “cómo vas a dejar pasar a Marine Le Pen…”, no hay el más mínimo riesgo de ello, pero no importa- el grupo alcanza una fuerza que le permite declarar una especie de timing out ideológico. La verdadera novedad del macronismo es que con él elegimos al representante de Berlín, no al Presidente de la República Francesa. La novedad es que él es el primero que lo dice abiertamente. Sarkozy hizo el mismo papel, pero señalaba chivos expiatorios, decía “es culpa de los árabes”. Hollande llegó diciendo, “soy un hombre de izquierda”, “mi enemigo es la finanza”, “cambiaré las cosas con Alemania”. Macron es el primero que dice: no haré nada, vais a aceptar vuestra sumisión oficialmente, cerráis el pico, es esto o el horror del lepenismo. Es un giro. La culminación de una búsqueda de dominio que existe desde hace 25 años.

A propósito de esta oligarquía de masas, el ultimo mitin de Macron, ayer, dijo cosas como, “no a proteger a los pequeños, sino dar libertad”, “creo en la trayectoria de los individuos en la sociedad”, “hay talentos y no talentos, hay que construir la autoridad de los que saben” y citó a un intelectual enfrentado a los estudiantes de su universidad en el 1968 que cuestionaban su autoridad, diciendoles: “Mi autoridad viene de que yo he leído más libros que ustedes”….

Ja, ja. Lo que me hizo reír de verdad fue la entrevista televisada de Macron con Delahuse. Allí dijo, “Marine Le Pen es una heredera, ella es la que representa a la Francia de los de arriba, yo soy un meritocrata”. Es un desconocimiento de lo que es la verdadera sicología de los herederos y los meritócratas. La gente no se da cuenta de que el hecho de que un meritocrata venga de un medio social medio - el caso de Macron- no hace en absoluto de él un defensor de la igualdad. Es exactamente lo contrario: es un tipo que está convencido por el sistema de su superioridad intrínseca. Un meritocrata será la peor amenaza para el sistema igualitario. Mientras que ciertos herederos, en el medio intelectual, son gente que saben todo lo que deben a su familia, que saben hasta qué punto no se han hecho a sí mismos, y que, al final son mucho más modestos y respetuosos de la gente común.

Hace 36 años Mitterrand llegó al poder al fin del ciclo keynesiano. Ahora Macron llega al final de un ciclo neoliberal…

El drama es que la historia está regresando a su curso normal. Los franceses no acaban de aceptar el hecho de que hace mucho tiempo que no son ellos los que definen el sentido de la historia. Podrían haberse dado cuenta de ello en 1940. Creo que los treinta gloriosos, la recuperación de posguerra, reavivó una ilusión: la de estar escribiendo su historia. Francia tenía una tasa de crecimiento buena, aunque era de recuperación, es decir para alcanzar a los primeros. Luego la realidad de la historia que se creó fue el hundimiento de la URSS, la reunificación alemana…. Francia se encontró con su estatuto de potencia mediana. Habría podido hacerlo mejor. Con Mitterrand aún había la conciencia de que la Alemania reunificada era una potencia de otro calibre que Francia. Mitterrand fue sobrecogido por el miedo y se lanzó al euro. Una vez que Francia estuvo metida en el euro, se acabó. Para Francia, el euro es la salida de la historia. No se quiere admitir y es chocante cuando te mueves por el mundo –yo viajo frecuentemente a Japón- está claro que Francia ya no controla nada, en Europa… Y lo que es impresionante es la incapacidad de las elites francesas de admitirlo. Recuerdo haber tomado una copa con un ministro de derechas que me explicaba que los alemanes eran un desastre y que para conseguir algo tenía que ir a Berlín a ver a su homólogo alemán. No se daba cuenta que con aquel desplazamiento definía una perfecta relación de subordinación. Francia es un gran país, con una larga historia, pero no puede aceptar la realidad. Está en un proceso de sumisión que no se reconoce. En ese contexto, estas elecciones son la culminación.

Pero el Señor Macron reconoce perfectamente eso: dice que no piensa batallar nada con Alemania, que hay que hacer los deberes y punto.

Puede que Macron sea el hombre que admita que Francia ya no existe… Puede que esa sea su misión histórica: hacer comprender a los franceses que Francia ya no pinta nada. Soy muy mal sicólogo, voté por Hollande, nunca creía que fuera tan nefasto, pero no me atrevo a reducir a Macron a las fuerzas que tiene detrás, los bancos, etc. Soy un jubilado y no estoy capacitados para meterme en la cabeza de un tipo de 39 años que se encuentra convertido en Presidente de la República. Hay que concederle algo a la incertidumbre. Tuvimos una muy mala sorpresa con Hollande y no podemos excluir una buena con Macron.

…Es lo que me dijo el Señor Chevènement, “después de todo no hay que insultar al futuro”, y también el Señor Edgar Morin que mencionó a Juan Carlos nombrado por Franco y propiciador de la democracia, o Gorbachov que se carga el sistema del que salió…

Sí, se puede soñar. Pero hay que decir que cuando Macron habla de cosas concretas, de economía, etc., habla como un manual. Lo más probable es que tengamos una acentuación de lo que se ha hecho con Manuel Valls, lo que creará tensiones y un aumento de la violencia. Lo que hace al sistema francés menos estable que el alemán, español, etc, es que aquí todavía hay bastante jóvenes. En España, Italia, Portugal, la política que se aplica es desfavorable para los jóvenes, pero hay pocos, mientras que en Francia es desfavorable y continuamos fabricando jóvenes.

…Hay también cierta tradición social, ¿no?

Me gustaría poder decirlo, pero el ejemplo del referéndum de 2005 no es muy estimulante: votaron no, les colaron lo mismo con el Tratado de Lisboa y nadie se movió…Francia es un país decepcionante.

Depende con qué la compare, ¿no?

La comparo con el país de mi infancia

Pero aquello era excepcional: una gestión magnífica de su debilidad en el mundo de posguerra tras haber sido derrotada militarmente, ocupada y deshonrada por el colaboracionismo. Y acompañando a esa proeza de De Gaulle, una potencia cultural extraordinaria, la Francia de Sartre, Camus, Barthes, Lévy-Strauss, Braudel, Bourdieu, Aaron…No me extraña que haya tanta nostalgia en la Francia de hoy: venían de un nivel muy alto.

Si, pero hoy, los países en los que pasan las cosas, son Estados Unidos e Inglaterra. Si pensamos en la crisis de la democracia, en el desprecio de la población, etc, donde se han producido las primeras reacciones ha sido allá, cierto, con un componente xenófobo: se trata del Brexit, de Trump. Los que inventaron la democracia representativa no fueron los franceses, sino los anglosajones, los americanos. En 1789 los franceses ya estaban en posición de alcanzarles. Es verdad que lo hicieron más masivo y más violento…

….y bastante más social, ¿no?

Sí, más igualitario. Pero los franceses fueron también más frágiles, con todos esos vaivenes que siguieron

…los avances y retrocesos de 80 años hasta la consolidación de un orden republicano estable después de la masacre de la Comuna…

Sí, pero cuando miras hoy el mapa del voto del Frente Nacional, es el mapa de la Francia revolucionaria… El área de París y la cuenca mediterránea de tendencias igualitarias, donde la religión católica se hundió desde el siglo XVIII. Una especie de Andalucía en la que la gente sabía leer y escribir. Luego hay toda una periferia en el oeste, alrededor del Macizo Central, en los Alpes y el este, donde tienes una estructura familiar que propicia la disciplina con una fuerte impronta católica hasta 1950/ 1960. En España sería algo entre Cataluña y Galicia, regiones más disciplinadas. En 1789 las regiones que dominaban Francia eran liberales e igualitarias. Imagínese una España controlada por el espíritu andaluz y que de repente se ve controlada por los vascos. La disciplina vasca contra la anarquía andaluza. Es un cambio sensible. La Francia revolucionaria tenía en su centro dos tercios de andaluces y un tercio de vascos que aportaban el orden y aguantaban el chiringuito desde el punto de vista de la disciplina, y que cayó en un cuadro en el que ganan todas las fuerzas de la autoridad y la disciplina. Todo esto no parece muy serio pero se corresponde con las estructuras familiares que he estudiado: El voto a Le Pen corresponde con las regiones con gente de tradición liberal-igualitaria.

Mencioné antes a Mitterrand porque llegó al poder con un programa de nacionalizaciones, de transformación social nacional, y a los dos años se pasó al cuadro de la integración europea en clave neoliberal, en el fin del ciclo keynesiano. Macron está en una situación semejante: todo lo que propugna está caducado.

Si, pero ahora son los alemanes los que mandan. Lo que piensen los franceses no tiene tanta importancia.

Pero, ¿tienen los alemanes un proyecto, más allá de seguir consecuentemente la línea hacia su habitual desastre dominador?

Tienen una racionalidad limitada. Hay un agujero en la cultura alemana. En términos de sus elites Alemania no se ha recuperado del todo de la experiencia nazi. Las universidades están subdesarrolladas… Se dice que Alemania produce excelentes máquinas, pero es que la misma sociedad alemana es una máquina. Alemania resuelve problemas técnicos. No producen suficientes hijos, hacen venir emigrantes… Estoy seguro de que en la lógica alemana la destrucción de las economías italiana, española y portuguesa, no ha sido un accidente. Estoy convencido de que la destrucción de esas economías (enseña una portada de Der Spiegel, felicitándose del flujo de jóvenes cualificados españoles, italianos etc hacia Alemania).

Cuando se le dice a Alemania que las medidas de austeridad que exige a los países del sur son destructivas, “sean razonables”, etc., hay una confusión: creo que ellos lo entienden perfectamente. Su objetivo es, precisamente, la destrucción de estas economíasy la recuperación de esa mano de obra cualificada del sur. Es una racionalidad bastante sofisticada pero una racionalidad de medios, sin objetivo existencial. Hay una búsqueda de potencia, pero la búsqueda de potencia de un país que solo produce 1,4 niños por mujer en cada generación es muy extraña. Sus medidas son racionales. Hay una inteligencia de gestión de la economía a corto y medio plazo –lo que han conseguido es extraordinario: tomar el control de la Europa del Este, subcontratar parte de su producción allí, llegar a unos excedentes comerciales impresionantes… La conquista de la economía europea-occidental por el dinero alemán es muy superior a lo que se imagina.

¿Qué le parece la estructura sociológica del voto a Mélenchon?

Es formidable. Si establecemos cuatro bloques, Fillon es el voto del pasado: 40% de más de 65 años, los ricos. Luego tenemos la Francia del presente con este conflicto irresoluble entre los de arriba y los de abajo, y aquí tenemos el voto a Macron muy desviado hacia los de arriba, hacia la gente con estudios, y aún más hacia los que tienen dinero, muy débil entre los obreros. Desde el punto de vista de la edad, es bastante equilibrado aunque algo más acentuado hacia los viejos. El voto Le Pen: muy débil entre las categorías superiores, muy fuerte entre los obreros y muy joven. Y el de Mélenchon es un voto de reconciliación: importante entre los obreros (25%), con un 17% de cuadros superiores, masivo en las profesiones intermedias, es el más joven, por encima del 30%, y muy débil entre los viejos. (Piense que el mensaje que se les lanza es: si salen del euro ustedes pierden sus pensiones.) Así que el voto por Mélenchon supera el enfrentamiento entre la Francia de los de arriba y la de los de abajo. Es una Francia de todo el mundo. Para mí eso quiere decir que el voto a Mélenchon tiene futuro, porque una sociedad no puede vivir con un enfrentamiento como el que representan Le Pen y Macron. Es algo que te empuja hacia la guerra civil, porque una sociedad no puede vivir únicamente en la longitud de onda de sus elites y para su elites, ni tampoco sobre el presupuesto de que el pueblo es una maravilla humana. O sea que habrá que definir una síntesis. (Aclaro que siempre he militado por unas elites responsables, no soy un fanático del igualitarismo de ingresos, soy partidario de un capitalismo regulado, estoy a favor de la salida de la UE, pero no de la salida del capitalismo…) En Estados Unidos pasa un poco lo mismo: están en un estado de guerra civil fría: Trump ha sido elegido, el establishment no acepta su legitimidad, y el trumpismo tampoco acepta la legitimidad de los otros…Si quieren seguir siendo una nación equilibrada les hará falta una negociación entre los dos campos que defina una síntesis. Y lo que es curioso es que la estructura del voto a Mélenchon es una síntesis.

Yo soy más bien proamericano y creo que en geopolítica el programa de Melenchon podría ser mejor, pero su electorado me ha impresionado porque ahí está un poco todo el mundo; los hijos de emigrantes, los obreros, los cuadros superiores, los enseñantes, técnicos. Insisto: Es una Francia para todos. Parafraseando a la “Manif pour Tous”, yo diría que Mélenchon es “La France pour tous”. La de Macron es la Francia para los ricos, la de Le Pen es la Francia de los no educados, y no son solución.

¿Podemos imaginar una cohabitación Macron-Mélenchon, si éste llegara a conseguir una marea en las legislativas?

Todo es imaginable, pero de momento lo que me choca es que todo el mundo se concentra en el Frente Nacional. Se dice que el FN intenta normalizarse, y se responde diciendo, “pero no es verdad”, etc. Pero a mi lo que verdaderamente me preocupa es la radicalización de la Francia de los de arriba. Ahora quieren gobernar a pelo, desnudos: ahora es el euroliberalismo, es así y vais a tener que obedecer. Me parece que el problema de Francia es la radicalización de los poderosos. Pienso en The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy de Christopher Lasch, (la idea de que las clases privilegiadas nunca han estado tan aisladas de su entorno) que cuenta lo que pasó en la época de Reagan y de Bush. En Francia estamos retrasados en eso, pero es lo mismo, una especie de reaganismo tardío con 30 años de retraso.

…Con el agravante de que aquellas recetas parecen caducas y que los propios americanos comienzan a enmendarlas...

Exactamente. Nada demuestra mejor que Francia está retrasada. A los franceses les cuesta reconocerlo. En Estados Unidos, el país que hizo avanzar la globalización, el debate sobre el proteccionismo hace furor, Sanders es proteccionista, Trump… Mientras tanto en Francia los políticos dicen que Le Pen es la cerrazón hacia el mundo y que Macron es la apertura. Y en política exterior, el FN es el partido que se interesa por todo lo que es nuevo en la escena: las potencias emergentes, el multilateralismo, es proanglosajón porque ha comprendido lo que significa el Brexit y Trump, el “Abenomics”, etc. O sea que en el plano geopolítico es más bien el Frente Nacional el que está en un plano abierto. Y el tipo que dice representar la apertura es el que no ha entendido nada de lo que pasa en Estados Unidos, que rechaza el Brexit, Putin, que no se si sabría situar al Japón en el mapa…O sea, al final una apertura hacia Berlín. Verdaderamente curioso.

¿Qué cree que va a pasar con la voluntad de imponer ya este verano, por decreto una reforma laboral aun más extrema?

El problema es que el euro está inadaptado a la economía francesa: no puede funcionar para un país que tiene una tasa de fecundidad de dos hijos por mujer. Ninguna política económica (francesa) puede funcionar en el contexto de la zona euro. Con Hollande hemos tenido un aumento del paro del 25%. Esto va a continuar. Me siento incapaz de decir en qué momento eso va a desencadenar la violencia. Hay muchos viejos y puede que Francia realice el escenario Fukuyama de fin de la historia, pero salir de la historia para Francia es entrar en la historia de Alemania. Y no está nada claro que la potencia alemana se mantenga. Puede que nos encontremos con la sorpresa del sistema europeo hundido en su centro. Es lo que pasó con la URSS. Pero de momento creo que podemos decir a los amigos de la Europa latina que Francia se ha deshonrado. Lo que los políticos franceses han aceptado de Alemania, actuar como ayudantes del poder alemán en la Europa del sur, es una inmundicia total. Lo que hizo Hollande con Grecia, enviar sus inspectores, eso fue verdadero petainismo.

En realidad solo los griegos hicieron verdadera resistencia: ni los españoles ni los italianos hicieron gran cosa.

En realidad, si vamos al fondo de las cosas, la última gran estafa europea es decir que Europa es un polo sólido de resistencia liberal. En realidad la tradición liberal es Inglaterra, Francia con sus oscilaciones, los países bajos, Bélgica y Escandinavia y para de contar. Si te sitúas en la Europa de 1930, no hay más que regímenes autoritarios. Creo que en 2050 el historiador no se hará grandes misterios: mirará el mapa de 1930, verá el mapa de 1980, pondrá el mapa de 2050 y constatará una cierta continuidad autoritaria en 1930 y 1980 y dirá, “hubo un pequeño paréntesis democrático cuando Europa estuvo bajo control americano”.

La conquista de la UE por la extrema derecha ya está en su discurso. Se vio en la reunión de Coblenza. Marion Marechal Le Pen dice que hay que esperar a los avances de nuestros compañeros en países como Italia y otros para dar la batalla en las europeas de 2018, ¿cómo ve eso?

No creo mucho en la Europa-Imperio. La idea de partidos transeuropeos es una ficción. Las culturas nacionales son más fuertes que la divisoria izquierda/derecha. Vea, por ejemplo, lo que decían los socialistas franceses: nos entenderemos con los socialdemócratas alemanes para cambiar Europa. Como si la diferencia izquierda/derecha fuera más importante que las diferencias entre franceses y alemanes. Eso hace partirse de risa a los socialdemócratas alemanes que aún son más nacionalistas que los democristianos porque están implantados en las zonas protestantes, y en el Parlamento Europeo socialdemócratas y democristianos alemanes votan juntos, como alemanes, para defender los intereses de Alemania. No veo que eso vaya a ser diferente con la extrema derecha. Piense que en Francia hay en la extrema derecha un sustrato antropológico-histórico de rebeldía (antes hemos hablado del elemento “andaluz”) mientras que en Alemania la extrema derecha arraiga especialmente en las regiones prusianas, en el Este protestante, luteranas y para que esa extrema derecha funcione es como decir: “vamos a hacer una gran fuerza unida con los militares prusianos y el anarquista andaluz”.

Regresemos a Macron como producto

Creo que la clave está en la búsqueda por parte de las élites a un Partido Socialista moribundo en la línea de los pensadores italianos Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca cuyo efecto final fue Mussolini. La verdadera comparación entre Macron y algo sería con la emergencia de Mussolini que también vino de la izquierda.

Entonces su pronóstico para Francia es algo bastante turbulento y violento, ¿no?

Lo que se perfila es estagnación política, podredumbre, violencia difusa y lógicamente los acontecimientos importantes para la ruptura del sistema ocurrirán fuera de Francia. Es decir: crisis alemana, enfrentamiento directo entre Italia y Alemania -es una posibilidad de la que dudo un poco porque los italianos no tienen una elite política intelectual- enfrentamiento entre el sistema alemán y la angloesfera, porque el problema esencial de los alemanes es su incapacidad de pararse. Soy un gran admirador de Bismarck: es lo contrario de los cretinos como Napoleón o Hitler, el tipo que supo pararse. Fracasó porque presionaron a Guillermo II, pero esa idea de que la búsqueda de potencia un momento dado debe saber pararse. Creo que los objetivos que Alemania se plantea hoy están por encima de su fuerza. Y no creo que los americanos toleren la emergencia de un nuevo sistema alemán tan potente como el suyo. Creo que están comprendiendo que los alemanes les han utilizado en su expansión al este en Ucrania. A corto plazo vamos a tener un enfrentamiento entre el bloque continental alemán e Inglaterra a propósito del Brexit. Será una verdadera prueba para la diplomacia alemana: si son realistas deberían tener interés en hacer las cosas soportables para Inglaterra. Si los alemanes se antagonizan con el Reino Unido no tendrán ninguna posibilidad. Y volvemos a lo mismo: Francia no está en esta foto.

Tanto Mélenchon como Dupont-Aignan dicen que si Francia se enfrenta a la austeridad se creará enseguida un polo de países europeos del sur que la seguirán…

Italianos y españoles, con su baja fecundidad tienen una realidad demográfica muy diferente. De ahí un mayor conformismo y las dificultades de reaccionar. Pero hemos llegado a una situación tan grave, y esa es la gran debilidad de Mélenchon, que Francia no puede salirse de todo esto sin la ayuda de los anglo-americanos. La izquierda francesa, y en general los antieuropeístas franceses, están paralizados por su antiamericanismo. Hasta que no lleguemos a tomar partido entre Berlín y Washington, no resolveremos gran cosa: para salir del euro necesitamos la ayuda del dólar.

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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Fleischman escribió
Ganó el machismo.

Los picoleros haciendo predicciones no tenemos precio...
Fleischman, Dario no falló en su pronóstico, solamente erró en los porcentajes y en sus deseos revolucionarios. Los peakoilers solamente nos equivocamos en los tiempos, en los porcentajes y en los deseos pero no en los eventos.

¿Ganó el machismo? En Francia si pero en UK y en Alemania tenemos a dos damas de hierro que nos llevan por caminos turbulentos, tal vez más que a una Marine presidente.

Fleischman, otra vez ganó Alemania y sin participar directamente en las elecciones francesas. Ganó el neoliberalismo, ganaron los recortes sociales, ganó la encarnación de Hollande y sobretodo ganó el miedo.

Macron será el presidente Sol, engalanó su victoria con el himno de la alegría de Beethoven en vez de la Marsellesa, toda una declaración de intenciones.

Un cordial saludo

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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En respuesta a este mensaje publicado por Juan Carlos

Más neoliberalismo con Macron


Por Armando B. Ginés

Los datos que se manejan en portada de casi todos los medios de comunicación en el mundo para realzar el triunfo de Macron en las presidenciales francesas están distorsionados. De los 47 millones de personas llamadas a votar en Francia en la segunda vuelta, 20.7 millones se han inclinado por Macron, el 44 por ciento, 10.6 millones por Le Pen, más del 22 por ciento, y uno de cada tres electores, por encima del 33 por ciento, no han dado su apoyo a ninguno de los dos candidatos, unos por que se han abstenido y otros porque su sufragio se ha contabilizado como voto en blanco o nulo.

Casi 12 millones de franceses se han abstenido, 3 millones han entregado su papel en blanco en las urnas y se ha registrado un millón de papeletas nulas. En total, 15.8 millones de electores no se han decantado por ninguno de los aspirantes en liza. La abstención es una de las mayores en la historia del país galo.

Se puede decir entonces que:

1. Macron no cuenta con la mayoría absoluta del electorado.

2. El segundo partido más votado es la abstención, a los que si sumamos lo votos en blanco y nulos superan a Le Pen en más de 5 millones de electores.

3. El virtual presidente Macron consiguió en la primera vuelta 8.7 millones de votos. Hasta alcanzar los 20.7 millones de la segunda ronda, muy previsiblemente habrá movilizado a los votantes del socialista Hamon, gran parte de los derechistas republicanos de Fillon y, si nos atenemos a las votaciones previas de los militantes de la formación izquierdista de Mélenchon, que en una cuarta parte se decantaron por Macron, 1.8 millones de sus votantes habrían otorgado su sufragio al nuevo inquilino del Elíseo.

4. Le Pen, por su parte, habría recabado segundos apoyos, previsiblemente, de las huestes de Fillon, unos tres millones, casi la mitad de los votos recibidos por el candidato republicano en primera instancia.

5. Alrededor de 5.3 millones de votantes de la Francia Insumisa se habrían abstenido o votado nulo o en blanco: un millón no acudió a los colegios electorales y el resto emitió su voluntad expresa de no decantarse ni por Macron ni Le Pen.


El mapa político francés tiene una tercera vuelta en las legislativas del mes de junio. La victoria de Macron, un candidato de laboratorio de las elites parecido en su origen artificial a Albert Rivera, debe intentar ahora un sucedáneo de partido de urgencia para contar con escaños fieles a su misión de futuro, si bien las tradicionales organizaciones socialistas y republicanas, con mayor o menor intensidad, están asimismo por la labor de hacer la vida fácil al presidente electo.

El peligro real para el orden establecido y los mercados internacionales reside en el proyecto liderado por Mélenchon, una vez conjurado el enemigo Le Pen, un adversario que jugaba a favor de la unión coyuntural de todos contra el fascismo. En realidad, la victoria de Macron estaba casi cantada. Le Pen desempeñaba el miedo al ogro para hacer buenos a las elites causantes de la actual crisis política y económica provocada por el neoliberalismo hace una década.

Con un panorama tan fraccionado, de cara a las elecciones generales del verano, el establishment ha encontrado en Macron un parapeto perfecto para enjugar el deterioro de derechistas republicanos y la opción clásica socialdemócrata. En torno a esa coalición de facto, y con el sistema mayoritario de su lado, Francia Insumisa lo tiene muy difícil para abrir una perspectiva de izquierdas en París. Además, Le Pen y su Frente Nacional le hace competencia en su propio caladero de votos, las clases trabajadoras y las gentes más castigadas por la crisis.

Macron, en definitiva, viene a ser la solución táctica para las nuevas privatizaciones en el horizonte, la merma en aumento de derechos sociales y una mayor precariedad laboral en ciernes. Todo ello con incentivos secretos a Le Pen para que reste influencia estratégica a alternativas de izquierda en torno a la Francia Insumisa de Mélenchon.

Da la sensación de que todo está bien atado para el porvenir inmediato por Bruselas, la OTAN, el FMI, los mercados bursátiles y Merkel. Formaciones como las de Le Pen son tácticamente imprescindibles para dividir al electorado de izquierdas y hacer buenos con el miedo al fascismo a los auténticos responsables de la situación de deterioro actual.

Cualquier político frente a la imagen de Le Pen, resulta un cándido candidato. Hasta las derechas más elitistas y los socialistas de salón


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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Kanbei
Juan Carlos escribió

Da la sensación de que todo está bien atado para el porvenir inmediato por Bruselas, la OTAN, el FMI, los mercados bursátiles y Merkel. Formaciones como las de Le Pen son tácticamente imprescindibles para dividir al electorado de izquierdas y hacer buenos con el miedo al fascismo a los auténticos responsables de la situación de deterioro actual.

Cualquier político frente a la imagen de Le Pen, resulta un cándido candidato. Hasta las derechas más elitistas y los socialistas de salón

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Con toda seguridad, las dos "opciones" están financiadas por la misma fuente.
Divide et impera.

Un apunte más sobre Macrón, de la mano de un "loco"
https://eladiofernandez.wordpress.com/2017/05/10/brigitte-trogneux-esposa-de-macron-es-su-controladora-mk-ultra/
 "Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla" Tsun Zu
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos

Conoce a tu enemigo: el neoliberalismo


Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado, que aquí es un testigo complaciente, cuando no un culpable activo.

Nuestro enemigo nace de una filosofía que considera la inexistencia de principio ético o moral alguno.

Define: “El bien en aquello que es bueno para mí y mis hijos y el mal es aquello que es malo para mí y mis hijos".

Aquellos que creemos en una sociedad organizada en función del contrato social propuesto por Rousseau, cuyos valores fueron resumidos posteriormente por la revolución francesa, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, tenemos un enemigo común, el neoliberalismo basado en la filosofía posmoderna “el pragmatismo”. nacida en los años veinte en EE.UU. De la que a partir de la década de los setenta nace el liberalismo y posteriormente el neoliberalismo.

Él pragmatismo ha dominado la política en ese país desde 1960 y también esta dominando la europea en la actualidad. Desarrollado a partir del libro de R. Rorty, "Verdad y Progreso", tiene como eje fundamental: el único medio de juzgar la verdad de una doctrina moral, social, religiosa o científica consiste en considerar sus efectos prácticos. Rorty hace su filosofía pragmática, elaborada en torno al principio de la utilidad, sin que este mismo principio tenga fundamento metafísico alguno. Resumiéndola:

1. Tendencia a conceder primacía al valor práctico de las cosas sobre cualquier otro valor.

2. El bien, es todo lo que es bueno para mí y mis hijos.

3. El mal, es todo lo que es malo para mí y mis hijos.

También plantea una organización social democrática abierta, construida en base al principio de la mayoría, se deberán apoyar y fomentar los discursos minoritarios. El pragmatismo apoya el liberalismo, el libre mercado y la redistribución de las rentas.

De esta filosofía se deriva el neoliberalismo, fundamentado en una parte de la filosofía pragmática. El bien es aquello que es bueno para mí. Rechazando el resto.

Nace el neoliberalismo ante la pérdida de poder en una auténtica democracia de los colectivos que lo llevaban ejerciendo durante siglos. Esta pérdida de poder provoca que el club Bilderberg encargue a la trilateral un estudio sobre la democracia.

Organización fundada por iniciativa de ellos mismos y David Rockefeller, en 1975 les entregan un informe con el título. La Crisis de la Democracia. Este trabajo, elaborado por los trilateralitas Michel Crozier, sociólogo; Samel Huntington, profesor de Harvard e ideólogo del plan de devastación de las aldeas vietnamitas; y Joji Watanuki, profesor de sociología en la Universidad Sophia de Tokyo, contiene análisis y recomendaciones tan sugestivas como éstas:

“En el curso de los últimos años el funcionamiento de la democracia parece haber provocado un desmoronamiento de los medios clásicos de control social, una deslegitimación de la autoridad política y una sobrecarga de exigencias a los gobiernos..”.

”De igual modo que existen unos límites potencialmente deseables de crecimiento económico, también hay unos límites deseables de extensión democrática. Y una extensión indefinida de la democracia no es deseable...”

El principio básico de este informe sería perfectamente resumido por Rockefeller con estas palabras: “De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional por la soberanía de una élite de técnicos y de financieros mundiales”. (Emmanuel Macron)

Y de ahí nace lo que el filósofo portugués Boaventura de Sousa Santos ha calificado como el fascismo social. A diferencia del anterior fascismo, el actual no es un régimen político. En este se trivializa la democracia ya que resulta innecesario, e inconveniente, sacrificar la democracia a fin de promocionar el capitalismo.

Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado. El Estado es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo. Se entra en un período en el que los Estados democráticos coexisten con las sociedades fascistas. Es por tanto un fascismo que nunca había existido. Un gobierno plutocrático (EE.UU.) en la sombra.

Se distinguen cuatro clases principales de fascismo social: (¿La Francia actual?)

1. El fascismo del apartheid social. Desigualdad.

2. El fascismo contractual.

3. El fascismo de la inseguridad. Consiste en la manipulación discrecional del sentido de la inseguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo (reformas laborales aprobadas por decreto) o a causa de accidentes o eventos desestabilizadores. (Terrorismo islamista)

4. El fascismo financiero. Es el tipo de fascismo que controla los mercados financieros y su economía de casino cuyo objetivo es maximizar sus activos. Es también la clase de fascismo más cruel, puesto que su espacio es el más adverso a cualquier clase de intervención y deliberación democrática. (Macron, banquero de los Rothschild)

Conclusión: desarrollar, la desigualdad social, la modificación de las relaciones contractuales en beneficio del empresariado, la inseguridad y el fascismo financiero. El camino a seguir:

Primero: Construir y reafirmar un proceso de la mentalidad sumisa en la sociedad, para ello necesitaban poner a su servicio a los llamados medios de comunicación social. (Construcción mediática del monstruo Le Pen)

Segundo: Una liberación mundial sin control de los mercados financieros.

Tercero: Poner a su servicio las elites mundiales. En las instituciones supranacionales y europeas (UE). Y esto lleva años desarrollándose en un proceso continuo y sistemático y a punto de ser totalmente conseguido.

Su último paso: Los acuerdos trasnacionales, en negociación, el ya acordado con Canadá pendiente de ratificación, que desregulan absolutamente la intervención de Estado en la economía y poniendo a las multinacionales en igualdad jurídica con los estados. (Misión de E. Macron)

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Kanbei
Muy bien traído Juan Carlos.
Esto abona la tésis que vengo defendiendo en el hilo
http://foro-crashoil.2321837.n4.nabble.com/Despierta-es-la-Guerra-Total-y-ya-ha-comenzado-td19115.html

La fabricación de una verdad iluminada por una élite, que arranca en Francis Bacon, y que ya ha sido implantada en la mente de la sociedad BAU.

La Machinae BAU.
Saludos.
 "Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla" Tsun Zu
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Bihor
Vamos a ver si al final de cuentas no vamos a tener que dar gracias a la diosa Fortuna del crash oil, pues puede ser el desencadenante de que esos planes de gobierno total de los plutócratas no puedan llegar a realizarse por quedar destrozado el sistema energético/económico sobre el que se basan...
Regla de oro: trata a los demás como querrías que te trataran a ti
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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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¿Por qué los populismos del sur son de izquierdas y los de norte de derechas?




En el norte de Europa ganan terreno movimientos contra los inmigrantes y propuestas de extrema derecha. En el sur depauperado, la fuerza emergente es la izquierda radical

Fue un shock en todos los sentidos. Las últimas elecciones europeas hicieron temblar los muros de los principales centros de poder. No exageramos. ¿Cómo que un partido abiertamente xenófobo era el predilecto en la cuna de la fraternidad política, Francia? ¿Y que un antiguo payaso se había llevado el segundo mayor saco de votos en Italia? Ya sabíamos que Reino Unido tendía al euroescepticismo, pero ¿una formación como UKIP que quiere salir de Europa entrando por la puerta grande en el europarlamento? ¿Y una Coalición Radical de Izquierdas (Syriza), antitroika, abriendo de nuevo la herida de Grecia en el seno de la Unión?

Europa vive una oleada de populismos que no se había visto en décadas. Algunos analistas la comparan con la que recorrió el Viejo Continente a principios del siglo pasado. Se caracterizan por su postura antiinmigración en los países “acreedores”, los más ricos del norte; y su posición anticapitalista, en el sur. Pero todos tienen una veta común: el nacionalismo.

Pero ¿qué es populismo, y quién es populista? Si se trata de hacer promesas irrealizables o de regalarle los oídos a los votantes, Mariano Rajoy habría sido un político populista en 2011 con sus fotos en las colas del paro y sus propuestas de bajar impuestos. Si se trata sólo de aunar votos en contra de un objetivo común, el PSOE de los anuncios que representaban a la derecha como un dóberman cumplirían el requisito.

El político conservador Ronald Reagan fue uno de los primeros grandes populistas de derechas en Estados Unidos, según la Enciclopedia de Política Americana de Princeton, que recuerda que el Movimiento Populista originario en EEUU estuvo compuesto de granjeros y trabajadores atormentados por las duras crisis del segundo tercio del siglo XIX, en la llamada Gilded Age. En Europa, la palabra populismo recuerda inmediatamente al movimiento del Nationalsozialismus gestado en los años 20 y consumado por Adolf Hitler tras su llegada al poder en 1933.

“El populismo se basa en un discurso político de antagonismos: el pueblo contra alguien”, define Juan Carlos Jiménez, politólogo de la Universidad San Pablo CEU. “Ese alguien puede ser un enemigo exterior, una clase social, o las grandes empresas, pero siempre se articula en torno al nosotros contra ellos; carece de sustento ideológico, salvo el de la misma oposición radical, y su objetivo no es otro que la movilización para el asalto al poder”.

Otro de los rasgos más mencionados por los analistas es que los políticos populistas se caracterizan por una nota revolucionaria, de acabar con las instituciones establecidas, y “aprovechar y alimentar en la gente la sensación de pérdida, ya sea de una identidad o de un estatus económico”, nos explica Pawel Swieboda, presidente del Centro para Estrategia Europea DemosEUROPA. “Ofrecen una promesa de restaurar la dignidad del pueblo, pero lo hacen ocultando la realidad sobre las circunstancias políticas y económicas de su tiempo. Proponen en esencia gobernar a través de atajos, sin la carga de las políticas basadas en la evidencia”.

Algunos apuntan a otras definiciones menos peyorativas de un movimiento que, en el fondo, le dice al pueblo lo que quiere escuchar y trata de conseguirlo. ¿Acaso no es esa la máxima de la democracia?, arguyen. Se cita habitualmente la revisión en este sentido del politólogo posmarxista argentino Ernesto Laclau, autor de La razón populista.

Antisistema a la izquierda y a la derecha


En lo que sí hay acuerdo es en que el vuelco electoral de las europeas de 2014 puso de manifiesto una división entre los partidos antisistema con connotaciones populistas del sur y del norte: los primeros tendían hacia la izquierda tradicional; los segundos, hacia la derecha. Así, Podemos en España, Syriza en Grecia y, en menor medida, el Movimiento 5 estrellas en Italia, aglutinaban propuestas y practicaban un discurso basado en la lucha de clases (el ciudadano contra la élite extractiva o casta), en la intervención del Estado, ya sea para la nacionalización de las empresas de energía o la creación de una banca pública, o en las críticas a las instituciones liberales como el FMI o la troika.

Mientras, el Frente Nacional (Francia), el de la Libertad (Austria), el del Pueblo Danés (Dinamarca) o el de los Fineses (Finlandia), y en menor medida UKIP (Reino Unido) surgían a lomos de un discurso marcadamente xenófobo y antieuropeísta.

Hay excepciones. La más extraordinaria es la de Amanecer Dorado en Grecia. Dentro de Italia, se daba el caso de la Liga Norte, que se sustenta en un frentismo populista interior, en este caso también en la relación entre el norte y el sur: la Italia rica del norte, frente a la del sur, atrasada, agraria y atenazada por la mafia. La misma música que suena en los discursos populistas de los países escandinavos o en movimientos como el de Alternativa para Alemania.

La división norte/sur en los populismos se explica porque “en las sociedades del norte, ricas, acostumbradas a tener de todo y con cierto discurso histórico de superioridad étnica, lo que se teme es perder todo ante los que nos vienen a quitar lo nuestro”, explica Jiménez, y de ahí las tendencias xenófobas. En el sur, sin embargo, comparativamente más pobre, el inmigrante tiende a ser visto como un explotado más por un sistema de clases ante el que es la intervención del Estado la que ha de poner la solución al problema.

“En aquellas más afectadas por la crisis económica, el populismo tiende a ser de izquierdas”, confirma Pawel Swieboda. “Allá donde la inmigración y la globalización son los principales retos, este es a menudo de derechas”.

Otras de las distinciones se establece en torno al país deudor y el acreedor, según Jorge Galindo, politólogo de la Universidad de Ginebra y miembro de Politikon. En tres de estos últimos (Grecia, España e Italia) han aparecido movimientos antisistema para activar el “eje prosoberanía, en el que el interés de la sociedad es el de reducir el peso de la deuda”.

El nacionalismo, denominador común


La situación delirante que vive la política del Viejo Continente por la crisis (compárese con la estabilidad casi pétrea con la que el bipartidismo estadounidense ???ha sorteado la Gran Recesión) alcanzó su cota máxima cuando Marine Le Pen, presidenta del partido de extrema derecha francés Frente Nacional, expresó su apoyo a Syriza. “Hay una fractura en Europa que pasa por que el pueblo recupere su fuerza frente al totalitarismo de la Unión Europea y de sus cómplices, los mercados financieros”, aseguró, antes de afirmar: “¡Eso no me convierte en una militante de extrema izquierda”. 

Ese parecido es “de fondo, que no de forma”,  opina Adrián Vázquez del grupo pro europeo Con Copia a Europa y asesor del europarlamentario Fernando Maura. Y se hace más patente cuando se observa que ambos movimientos, el Frente Nacional y Syriza, “comparten simpatía por el gobierno de Vladimir Putin y critican abiertamente a la UE por su actuación "fascista" en Ucrania, o cuando insisten en la necesidad de reforzar la soberanía de los Estados nación, ya sea por espolear intereses nacionalistas, como hace la derecha, o por retomar el control de sus economías, como clama la izquierda”.

Para Vázquez, estos movimientos populistas son fenómenos políticos claramente “epidérmicos” que no ofrecen soluciones en profundidad, y nacen con el objetivo de “encontrar venganza más que de ofrecer soluciones viables”. ???

En el fondo existe un denominador común a todos estos partidos: un cóctel de nacionalismo y antiglobalización. (¿Hay algo de malo en criticar el neoliberalismo y la globalización?)

“Unos y otros son incapaces de entender que a estas alturas, si se quiere ser soberano, la única forma es ser fuerte en instancias supranacionales como la Unión Europea” (No comparto esa opinión), opina el ex europarlamentario y director de la Fundación Alternativas, Carlos Carnero. Él define populismo como la política de aquellos partidos que, o no tienen programa, solo eslóganes, o, si lo tienen, “pueden cambiarlo tantas veces como les dé la gana, e interpretarlo como les dé la gana, porque son inmunes al reproche por incumplimiento.

Apelan a los sentimientos más básicos de la ciudadanía, siempre con acusaciones a terceros. Se trata de una especie de llamada a la conjura judeomasónica franquista: el enemigo proviene del exterior, de Bruselas, y tiene en España a traidores internos, el PSOE y el PP”.

Los personajes fundamentales son la inmigración, las élites extractivas, Bruselas y sus políticas, y la pérdida de soberanía. Los grupos acomodados temen al extranjero, como hace un siglo; los atormentados por la peor crisis económica en décadas exigen revolución, cambios institucionales profundos, y que “el sufrimiento cambie de bando”, como se ha escuchado en ocasiones al partido Podemos en España. El eje común: la recuperación de lo nacional, lo patriótico, lo “nuestro” para capear una crisis que lo tiene todo de globalizada.

NOTA JC: los que criticamos la globalización nos tachan de outsiders y antisistema, no se puede poner en tela de juicio el sacrosanto neoliberalismo ni las instituciones de legimitimidad secundarias que le dan vida a la Comunidad Europea. ¿Quiénes son los sectarios?

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Re: El populismo europeo frente al poder omnímodo del neoliberalismo

Juan Carlos
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Demagogia, neoliberalismo y populismo


En la reciente convención bancaria las élites reafirmaron su alianza para conjurar cualquier intento que afecte su preeminencia. El lema de su reunión resume el temor al fantasma que los invade: liberalismo vs populismo. Y ahí coincidieron en denunciar, según nota de La Jornada (23 de marzo), “Las posiciones dogmáticas amparadas en el populismo, que pugnan por soluciones aparentemente fáciles, pero que en realidad cierran espacios de libertad y participación, ya que “su avance pone en riesgo los ‘valores que defiende el liberalismo’”.

Pretenden atrincherar al actual sistema económico en estos “tiempos de incertidumbre”, ya que “los paradigmas políticos y económicos que han estado vigentes durante varias décadas son ahora objeto de reservas y cuestionamientos”. Según eso, el populismo que satanizan busca “restablecer modelos de otros tiempos, esquemas que quedaron agotados y que no nos permitirán promover el crecimiento y el bienestar que todos queremos”.

Conviene hacer precisiones. El Diccionario de Política (ED. S. XXI, 1982) aclara que populismo no es una doctrina precisa sino un “síndrome”, y lo define como “aquellas fórmulas políticas por las cuales el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores políticos positivos, específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia”. Además, “excluye la lucha de clases: es fundamentalmente conciliativo y espera transformar al establishment; raramente es revolucionario”. Se propone como “una ideología divergente y competitiva del socialismo, no complementaria”. Respecto al populismo latinoamericano, señala que se trató, en el pasado, de “fenómenos” surgidos por la “transición entre una economía predominantemente agrícola a una industrial”, y se manifiestan como “movimientos nacional-populares”.

Marcos Roitman (La Jornada, enero 22, 2017), indica que “su definición se le atribuye al revolucionario ruso Alexander Herzen (1812-1870)… Al populismo latinoamericano se le reconoce por su ideología nacionalista, cierto antiimperialismo, un discurso obrerista, un marcado tinte anticomunista y ser un fenómeno urbano. Fue la opción de evitar el triunfo de las revoluciones populares durante la crisis de los años 30 y posterior a la Segunda Guerra Mundial”.

Javier Lascuráin apunta que “durante un tiempo, la palabra populista sirvió para bautizar a diversos movimientos políticos que subrayaban así su identificación o defensa de los intereses del pueblo. En ese contexto y con ese sentido, ser populista no sólo no era algo negativo, sino más bien un rasgo positivo del que hacer gala en el discurso político”. (“De qué hablamos cuando hablamos de populismo” (Fundéu BBVA) /diciembre 30 2016). Pero hoy en día, pregunta, “¿es el populismo simplemente la defensa de los intereses del pueblo? ¿Es una doctrina política que pretende incorporar a la vida política a las masas populares frente a las élites? ¿O es cualquier modo de hacer política, con independencia de la ideología que la sustente, en la que solo cuenta atraerse a los ciudadanos con apelaciones emocionales y propuestas simplistas?” Y concluye: “populismo y populista se están convirtiendo en voces que califican más que definen, que se lanzan como armas arrojadizas a uno y otro lado del espectro político”.

Esto último cabe destacar: tirios y troyanos. Además de populismos de izquierda o progresistas, (términos sujetos a debate: ¿qué significan exactamente hoy en día ante el deterioro de la democracia representativa-liberal, la dispersión ciudadana y la cuasi nulificación de la lucha de clases?), hay versiones de populismo reaccionario como Trump o Le Pen. Su antecedente, el nazismo y el fascismo fueron la reacción de la derecha europea ante el bolchevismo y la crisis mundial del capitalismo liberal. En ese sentido, el neoliberalismo es populismo de derecha. Paradójicamente, un populismo antipopular, que va contra el pueblo, que trata de impedir cualquier cambio económico y político de contenido social apegado a los derechos humanos, ya no digamos revolucionario.

Así, la cuestión no es acerca del populismo sino de demagogia, de ideologías, de discursos que pretenden engañar mediante el halago, las fantasías de “soluciones fáciles y rápidas”, pero también mienten al imponer sacrificios permanentes en la oferta de un mañana mejor que nunca llega.

Es la fraseología que achaca los males que padece el pueblo al “populismo moderno” convertido en adjetivo peyorativo, sin admitir que precisamente el liberalismo que pregonan luego de 30 años ni remotamente ha aportado “el crecimiento y el bienestar que todos queremos”, sino, por el contrario, ha significado mayor exclusión, pobreza, enajenación de la independencia, inseguridad social y pública, así como debilitamiento de la democracia.

Hay que distinguir claramente el liberalismo económico del político, portador éste de las libertades humanas y los derechos civiles, valores que todos compartimos. Pero ¿es posible hablar de valores del neoliberalismo económico? ¿Valores de depredación social y humana? ¿Es legítimo utilizar las virtudes de aquél para encubrir los vicios de éste?

Desde luego es anacrónico regresar al pasado de economía cerrada, el problema realmente no es la apertura económica sino la incapacidad para defender el interés del país ante el acoso externo. Tampoco cabe ya seguir con el neoliberalismo, capitalismo salvaje del siglo 19 con tecnologías del siglo 21. La pregunta es ¿qué sigue? Tal vez innovar el papel del Estado y de la democracia con un nuevo paradigma de desarrollo con justicia social, el cual deberá instrumentarse globalmente conforme a la dialéctica del sistema mundo, ya que de otro modo no será posible su plena realización en cada país aislado. Tal vez regionalmente como en América Latina y El Caribe.

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